La importancia de que las abejas bailen, el realismo mágico del extremeño Diego González

El ambiente y los personajes de este relato nos traen a la mente, desde las primeras líneas, a los protagonistas de Cien años de soledad o a los de La casa de los espíritus. No obstante, en esta ocasión, el lugar donde se desarrollan los hechos es real y cercano para nosotros, el norte de Cáceres y, más en concreto, en Las Hurdes
La importancia de las abejas
La importancia de las abejas

Hoy vamos a hablar de una novela muy breve, apenas cien páginas, pero realmente preciosa y, además, Premio Felipe Trigo de narración corta del año 2006. Está publicada en editorial Algaida y su autor es Diego González. Ocupa nuestro espacio por dos razones: porque su autor es extremeño, nacido en Villanueva de la Serena (Badajoz); porque la acción se sitúa en nuestra tierra.

El ambiente y los personajes de este relato nos traen a la mente, desde las primeras líneas, a los protagonistas de Cien años de soledad o a los de La casa de los espíritus. No obstante, en esta ocasión, el lugar donde se desarrollan los hechos es real y cercano para nosotros, el norte de Cáceres y, más en concreto, en Las Hurdes; aunque también se pasean sus protagonistas – aunque brevemente- por Cáceres y Villanueva de la Serena. Como en el realismo mágico de García Márquez o Isabel Allende, Diego González mezcla elementos reales y fantásticos creando un clima sobrenatural dentro de la propia naturaleza. En la novela, lo extraño y lo irreal se presentan como acciones cotidianas y comunes. Tal es el caso, por ejemplo, del poder que tienen algunos de los miembros de la familia para ahuyentar el mal y la enfermedad de sus seres queridos o, sobre todo, la capacidad de hacer bailar a las abejas.

El relato se desenvuelve en una atmósfera absolutamente poética en la que la contemplación de unas fotografías transportan a su protagonista al pasado, hasta los años cuarenta, cuando el colmenar enfermó porque las abejas no querían bailar. La familia vive de la apicultura y, para solucionar el problema, recurre a Héctor, un fundidor de campanas pacense del que se decía que podía hacer bailar a cualquier insecto solo con su mirada. Esta circunstancia propicia el encuentro con Nana y el inicio de una intensa –aunque breve- historia de amor. La joven nos cuenta su adolescencia en los años de la posguerra, etapa que, por diversas circunstancias, acabó marcando el resto de su vida. Nana ha vivido su madurez en Barcelona, hasta donde marchó obligada a salir de su pueblo cuando su familia, por diversos motivos, se fue desestructurando. Ahora, ya anciana, regresa a su tierra para vivir de los recuerdos.

No interesan aquí acontecimientos políticos ni sociales, pese al momento. Interesan las personas y sus historias. Por esta razón, quizás, no hay ninguna referencia dentro de la obra a los duros años que se vivieron en la región tras la Guerra Civil Española. Si hay una palabra que pueda definir de alguna forma esta novela es la magia que desprende cada una de sus páginas, la poesía de cada palabra, fruto de la preocupación estilística que muestra su autor desde la primera línea. Un placer para los sentidos.