De izquierda a derecha el hermano mayor Silverio, el cuñado Ambrosio, la hermana Margarita, la sobrina Silveria, de año y medio, el hermano Claudio, el sobrino Gerónimo González y Julián González Hernández, con su medalla al valor ganada en Cuba. (Foto hecha al llegar a Buenos Aires, 1910, cedida por Francisca García, de Hoyos)
De izquierda a derecha el hermano mayor Silverio, el cuñado Ambrosio, la hermana Margarita, la sobrina Silveria, de año y medio, el hermano Claudio, el sobrino Gerónimo González y Julián González Hernández, con su medalla al valor ganada en Cuba. (Foto hecha al llegar a Buenos Aires, 1910, cedida por Francisca García, de Hoyos)

Hoy quiero contaros como la familia de Los Porora de Acebo llegó a entablar amistad con la familia González Hernández de los Hoyos, de la cual surgió la relación entre Julián González y Micaela García

Julián González, que nació en Hoyos en 1872, era hijo de Gerónimo González y de María Hernández. 

Desde muy joven, se dedicó al oficio de albañilería, heredado de su padre, con la especialidad de picapedrero. Adquirió tal habilidad que fue considerado como un cantero de prestigio en tratar y labrar la piedra. Por muchos pueblos próximos a Acebo, se conservan vestigios de sus trabajos, como ventanas con columnitas, sillares, jambas, dinteles de casas señoriales, lápidas funerarias...

A los veinte años fue llamado al servicio militar y, como muchos españoles, destinado a Cuba (1892). Al llegar a la isla del Caribe, le entregaron un nuevo uniforme de soldado, poco idóneo para un clima tropical. El calzado eran zapatillas de esparto, como alpargatas, con suelo de cáñamo, de poca duración en sus largas caminatas, por terreno áspero y abrupto.  

No obstante, con todas estas dificultades, en 1893 ascendió a soldado 1ª y al año siguiente, a cabo 2ª. Su Regimiento participó en varias escaramuzas con los mambises independentistas, donde obtuvo el distintivo al valor militar, que lucía orgulloso en su pecho cuando se trajeaba en días festivos. 

Consiguió volver a España, con gran alegría de los vecinos de Hoyos, cercanos los cuatro largos años de servicio militar.  

A finales de 1897, su padre Gerónimo González ajustó unas obras en Acebo para edificar una casa, en la conocida como calle de la Iglesia, junto a la Plaza Mayor. Julián González fue el primer oficial y el responsable de la cantería. La casa era propiedad de Justo García, que pertenecía a la reputada familia de Los Porora. 

Al finalizar las obras, Justo García organizó una fiesta entre familiares y amigos, donde Julián González tuvo ocasión de conocer a una joven y guapa acebana, hermana de Justo García. Era Micaela García Hernández de Prado.

Julián, quedó tocado por ella. Ya no tenía ojos, si no eran para su amada Micaela, tan sólo cuatro años más joven que él. Micaela también quedó prendada de Julián, por su simpatía y buena planta.

Desde entonces, todos los domingos, a la hora de la Misa Mayor, Julián ocupaba un banco junto al altar de la Virgen Dolorosa y el Cristo Yacente, en la monumental iglesia Parroquial de Nuestra Señora de Los Ángeles de Acebo. Tres bancos más adelante, estaban Micaela y su madre. 

A la salida de la iglesia, Julián las saludaba con esmerada educación y preguntaba a doña Cipriana, madre de Micaela, si le gustaba la casa de su hijo Justo o concebía alguna otra frase de ocurrencia. De esta manera, entablaba conversación con la madre, en señal de respeto y siguiendo las buenas costumbres, y después con la hija, amablemente, si esta consentía. 

Así, todas las mañanas de domingos y festivos las acompañaba a la vivienda familiar de ellas, que se encontraba hacia la mitad de la calle Alante, calle principal que baja hasta el barrio del Cordero de Acebo. 

Al cruzar el río de la Lágina, entonces conocido como río del Cahiz, a la altura de la Plazoleta, Julián las retenía haciéndolas asomarse a las barandillas, junto al olor del aceite virgen que desprendían los molinos. Viendo correr el agua, limpia y cristalina, les contaba alguna historia de sus años de servicio militar en Cuba.  

Un domingo, al pasar el puente, junto a la fuente de agua que refresca uno de los rincones de la plaza, un grupo de mozos se acercó a Julián, pidiéndole el “medio cántaro” o “la cuartilla”. Esta petición sucedía cuando el novio no era del pueblo. En un principio la costumbre era de poner a disposición de los peticionarios medio cántaro de vino o, al menos, un cuarto: “Es costumbre muy conocida y antigua de este lugar que, el que aquí se echa una novia, la cuartilla ha de pagar”. Luego la realidad la convirtió en una invitación abundante que dejara satisfechos a los mozos del pueblo, con tal de hacer amistad y evitar ser arrojado a cualquier pilón de agua, delante de las mujeres. 

Julián González, que había nacido en Hoyos, sabía de estas costumbres ancestrales propias de todos los pueblos serragatinos, incluido el suyo.  Es tanto así, que no tuvo ningún inconveniente en entregarles una cantidad similar al sueldo de un mes. Con este gesto no sólo consiguió dejar satisfechos a los mozos del pueblo, sino que, su esplendida aportación económica, ganó la admiración de todos al entender la alta consideración que tenía por su novia. Esto le permitió integrarse rápidamente entre toda la juventud acebana, siendo considerado como uno más de ellos y que su suegra, Doña Cipriana, contara a sus vecinas y amigas lo rumboso, desprendido y generoso, que era el novio de su hija.

En septiembre de 1899, Micaela y Julián, contrajeron matrimonio en la Iglesia parroquial Nuestra Señora de los Ángeles de Acebo.  

Las construcciones de las mejores casas, de las obras más importantes que se hacían en Acebo, incluidas las escuelas, llevaban la contratación y paleta de Julián González Hernández.

Formaron un matrimonio muy feliz. En 1904 nació su primer hijo, después de dos abortos. Fue una gran alegría para la familia, al ser tan esperado. En un segundo parto, tras dos nuevos abortos, Micaela y el niño, que venía en mala posición, tuvieron la desdicha de entregar su alma a Dios. 

Micaela García Hernández de Prado, murió muy joven (1908),  dejando a Julián González viudo y con un hijo de cuatro años: Primitivo González García. 

Julián quedó destrozado. No conseguía superar el difícil trance de haber perdido a la mujer que más quería. Por aquel entonces, sus hermanos, que vivían en Hoyos, andaban arreglando los papeles para marchar a la Argentina. Un hermano de su madre María Hernández, había hecho fortuna en aquellas tierras y ahora reclamaba a sus sobrinos. Estos animaron a Julián a que marchase con ellos.

En verano de 1909, Julián, sus hermanos Claudio, Silverio y Margarita con su marido Ambrosio, emprendieron el camino hacia el Nuevo Mundo. 

El matrimonio se llevó a sus dos hijos, niña de meses y  niño de once años.  Su otra hermana, Teodora, se quedó en Hoyos. Julián, prefirió dejar en Acebo a su hijo Primitivo, de tan sólo cinco años, con su cuñada Nazaria, hermana de Micaela, que lo quería como a un hijo. Su intención era reclamarlo y llevárselo, una vez asentado en el país americano. 

Pero Julián, no aguantó muchos días en Buenos Aires. Se acordaba a todas horas y especialmente por las noches, de su único hijo y de su mujer Micaela, a la que pedía perdón por dejar solo al niño. 

No lo soportaba más. Una mañana se levantó muy temprano. ¡Qué será de mi hijito! ¡Qué será de mi hijito! -se repetía una y mil veces-  ¡No puedo vivir sin él!  ¡No tengo vida en mí! ¡Aquí no soy yo!

Se despidió de sus hermanos, partió decidido hacia el puerto bonaerense y embarcó en el primer navío que puso rumbo hacia Europa. Un buque francés. Se le hizo el viaje más largo de su vida, apenas comía y… dormía cuando y como podía.

Al fin, tras aquel interminable y larguísimo viaje, llegó al pueblo. Cogió a su hijo entre sus brazos Miguel García Gonzáleztiernamente, llorando a lágrima viva. No volveré a separarme de ti, ¡hijo mío! -le prometió entre suspiros de alegría mientras  lo abrazaba y besaba insistentemente-. Así lo mantuvo alzado en brazos sin dejarle pisar el suelo por un momento.  ¡Te quiero, prenda! ¡te quiero! -le repetía una y otra vez, entre sollozos y lágrimas.

(De esta manera lo narró Julián González a sus nietos, recordando la historia con los ojos llenos de lágrimas, y así llegó hasta mí, como fielmente os lo he contado) 

En la imagen, Miguel García González

NOTAS ADJUNTAS

  1. Primitivo González García tenía a su primo hermano Miguel, hijo de su tía Teodora, de la misma edad que él. Los dos primos, desde muy niños, se quisieron mucho, era el familiar más allegado por parte de padre, pues los demás tíos y primos de Hoyos, se habían marchado a Argentina. 
  2. Miguel García siempre vivió en Hoyos, donde desempeñó el cargo de Alguacil del Ayuntamiento, durante más de treinta y cinco años, siendo muy querido y respetado por todos sus conciudadanos. 
  3. Miguel García González, fue un hombre de una probada honradez y, amigo de sus amigos. Muy responsable y gran profesional en su diaria labor en el Ayuntamiento de Hoyos. Sus hijas Francisca (Quica) y María, venía con frecuencia a Acebo, a casa de su tío Primitivo, donde siempre fueron muy bien recibidas. Los dos primos, Primitivo y Miguel, siempre se quisieron mucho, como hermanos. 
  4. Sus hermanos se quedaron en la Argentina. Allí progresaron mucho, consiguiendo grandes haciendas en Córdoba y en Rosario, ciudades donde se establecieron unos y otros. 
  5. No cesaban de enviar cartas y fotografías, para que sus hermanos Julián y Teodora, que se había casado en Hoyos, dejaran todo y marchasen al país argentino, donde les esperaba un buen y próspero porvenir. Así les escribían una y otra vez.
  6. Los hermanos, llegaron hasta ofrecer a Julián una hacienda con ganado, donde poder establecerse. Julián nunca lo aceptó y no volvió a separarse de su hijo Primitivo. 
  7. Tercera entrega de la serie. Los Porora. Una familia de Sierra de Gata. En este enlace pueden leer la segunda entrega de Los Porora, del mismo autor

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