Los Porora. Familia soyano-acebana (IV). Hizo Dios un milagro, no podía por menos.

Procesión con la imagen de vestir que representa al Nazareno con la cruz a cuestas o Cordero Bendito. Acebo
Procesión con la imagen de vestir que representa al Nazareno con la cruz a cuestas o Cordero Bendito. Acebo

Julián González Hernández, tras su llegada desde la Argentina, nunca quiso separarse de su hijo Primitivo, cumpliendo así su promesa (1). Lo llevaba con él, siempre que podía, a cualquier sitio donde estuviera trabajando. Le decía que era su secretario, dándole así una máxima importancia a su presencia, orgulloso el niño de su padre. 

Primitivo González, que heredó de su madre Micaela y de su bisabuela María Vicenta el apodo de Marialuto (2), era muy amante de los perros. Siempre tuvo a su lado a uno o varios perritos a los que enseñaba a cazar como nadie sabía hacerlo.  Era tanto así, que la perrita a la que llamaron la “Niña”, siempre acompañaba al padre y al hijo, allí donde fueran. 

Corría el mes de junio de 1913. Julián González, que continuaba con su trabajo de cantero, recibió el encargo de hacer unas lápidas de cementerio, para una familia bien situada, en el serragatino pueblo de Gata. Allí se trasladó durante el verano, con su hijo. 

La familia gateña que le contrató, era propietaria de unos grandes “tapaos” (3), en los que había enormes canteras. Esta familia, ajustó con el cantero la extracción de cuatro planchas de piedra. Era lugar próximo a la calzada romana de la Dalmacia, hacia el puerto de Castilla, cercano al puente de San Blas y no muy lejos de la fuente del Arroyo de este santo nombre. 

Julián González, muy experto en sacar losas de piedra de las grandes canchaleras de granito, inició los trabajos acordados con la ayuda de una cuadrilla de trabajadores acebanos que casi siempre le acompañaba. 

El trabajo no era sencillo. Primero había que asegurar la calidad y dureza del producto. Para ello golpeaban los canchales, con un gran mazo de hierro, con el objetivo de poder escuchar la resonancia producida. Si retumbaba a hueco, no servían, si la piedra echaba muchas chispas, no era buena para las herramientas… La obtención de la piedra se complicaba por la utilización, autorizada administrativamente, de cartuchos de dinamita o trinolita, para lo que se necesitaban trabajadores expertos en el uso del cebador, cargador, colocación de los cartuchos en los agujeros, hechos estos en la roca o canchalera a base de golpes de maza sobre la barrena húmeda, y disposición de la mecha para prenderla fuego.

Tras varias jornadas de trabajo, una vez que la cuadrilla del soyano Julián González, consiguió sacar las cuatro buenas piezas de encargo, dio por finalizado su trabajo y volvió al pueblo. 

Quedó el cantero con su hijo preparando las planchas y grabando las inscripciones de los difuntos que le habían indicado. Cinceles, bujardas, macetas, uñetas, compases, escalpelos, martellinas, mallete, gubias, formón, agujas…eran parte de las herramientas que usaba. Algunos de estos enseres habían sido de su padre y abuelo. 

En esto que, a un familiar de los propietarios del terreno, le gustó mucho el trabajo hecho con gran profesionalidad por el cantero y le encargó una nueva lápida de piedra.

Como ya se habían marchado algunos de los componentes de su cuadrilla, Julián González, tuvo que recurrir a otros trabajadores, con cartilla acreditativa pero, presuntamente, menos expertos, pedir nuevas licencias  para los explosivos y alquilar, por  más tiempo, la casa donde residía provisionalmente con su hijo.

Primitivo González “Marialuto”, era entonces un dagalito de ocho años, metido en nueve. Un chico lígrimo, trigueño, apizarrado. Avispado, rápido y despierto para su edad. Captaba, desde niño, todos los detalles de las piedras. Aquel ramillete de nervios era la vida de su padre. Se encargaba de vigilar los pucheros. De recoger brezos y retamas secas para mantener viva la lumbre. De jugar con la “Niña”, arrojándole objetos que la perrita, rauda y veloz, cobraba y le devolvía.

Una mañana agosteña, cuando el sol deslumbra en lo alto de Jálama y el aire se carga de altas temperaturas,  uno de los miembros de la cuadrilla - recientemente contratado- pidió que le llenasen de fresca agua el barril de barro cocido… El pequeño Marialuto, siempre rápido y dispuesto, acudió a la fuente de San Blas a llenarlo de agua fresca… Justo avanzó en el sentido hacia donde habían dado la voz de “barreeeeeeeno”, como era la costumbre obligada de los dinamiteros para que, con tiempo, las personas próximas se pusieran a buen recaudo ante la eminente explosión. Sin embargo parece que el niño no escuchó el grito de aviso o no se percató bien de la cercanía del peligro.

A los pocos segundos, la dinamita explotó. Los canchales volaron por los aires. Se levantó una gran polvareda…Silencio total sólo roto por el silbido de los oídos que, poco a poco, iba apaciguándose pero que, al momento, impidieron que nadie se diera cuenta de la vecindad de la tragedia. 

Julián González se revolvió nervioso, no estaba conforme con la manera en que los cartuchos habían explosionado, ni con el resultado obtenido. Algo le recorría el cuerpo y le ponían en vilo. Dirigió su mirada hacia donde estaban los pucheros, donde debía estar su hijo. Allí no estaba Primitivo.

De pronto se escucharon los ladridos de la perrita Niña, que removía la tierra sin cesar, escarbando con sus garras, arrojándola hacia la parte de atrás, como abriendo un hueco por el que pretendía entrar. Julián escuchó con angustia como aullaba lastimeramente, como sólo saben quejarse desconsoladamente los perros cuando presienten un siniestro. Corrió hacia ella. El animal le miraba con unos ojos rojos acristalados como él nunca antes había visto. El padre cae abatido al darse rápidamente cuenta de lo que sucedía: ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!, ¡Mi hijo! Un grito desgarrador, como el de un león acorralado, se oyó en toda la Sierra: ¡ Priiiiiiiiiiiimi! ¡Primi! Primi, hijo mío.

Todos los obreros comprendieron enseguida lo sucedido. Las voces se corrieron entre unos y otros como la pólvora: ¡el dagalinu de pal´azevu á queau sepultáu! ¡el dagalinu á queau enterráu! 

Al momento acudieron todos los canteros, con barrenas, palos, mazas y marras, mientras uno de los más jóvenes corría hacia el pueblo gritando lo sucedido. Unos mozos subieron a lo alto del campanario de San Pedro tocando las campanas a rebato. Comenzaron a tañer con tal ímpetu que ni los más viejos recordaban un sonido tan intenso y, a la vez, doloroso. Aún rememorando el repicar de los tiempos de los concejos abiertos, o de los grandes incendios en los boscosos montes, consiguieron los antiguos recordar el roto gemir de los badajos producido ahora al golpear el bronce de las campanas en su loco e incesante volteo.  

Como un solo hombre, comenzaron a levantar uno de los canchales grandes que, los cartuchos de dinamita, cambiaron de posición y al que la Niña dirigía sus ladridos. Haciendo entre todos palanca y calzando la enorme piedra, a cada centímetro que se conseguía alzar, el hueco iba agrandándose poco a poco. 

Los compañeros retiraron del lugar a Julián como pudieron, a pesar de su enorme oposición. No querían que viese a su hijo, en su caso, aplastado por tan enorme peñasco. Él no paraba de llorar y rezar, para que Dios se apiadase del niño y pudiera salir bien de aquel fatídico accidente: ¡Mi hijito! ¡Mi hijito! -repetía una y otra vez- ¿Por qué?, Dios mío! ¿Por qué? –preguntaba alzando la voz al cielo- ¡Señor! ¡Cordero Bendito, apiádate de mí! ¡Cordero Bendito, ten piedad! –rogaba sin parar ni un momento- ¡Cordero Bendito ¡ ¡Cordero Bendito!

Las campanas no dejaban de repicar. Acudieron hombres, mujeres  y niños. Hasta que por fin, tras dos horas y media de congojas y zozobras, de rezos e improperios, de blasfemias y plegarias, se produjo el milagro. Se consiguió sacar al dagalinu de aquella angustiosa sepultura: ¡Sano y salvo!. 

Gran algarabía entre todos. Los aplausos y las voces de hombres, mujeres y niños, se entremezclaban, queriendo abrazar y ver de cerca al asustado Primitivo. No podían creer lo que estaba pasando. El pequeño Primitivo estaba sano y salvo.   

Un milagro, un milagro, decían unos. El Cordero Bendito. El Cordero Bendito de Acebo ha hecho un milagro, repetían otros sin cesar. 

Primitivo González, tuvo la suerte de quedar en el hueco, entre dos canchales. La gran plancha que lo cubrió, formó una especie de dolmen prehistórico protector.

Rápidamente se corrió la voz entre unos y otros, de pueblo en pueblo, por toda la Sierra de Gata, de comarca en comarca: ¡El Corderu Benditu á jechu un milagru conun dagalinu de pal´Azevu!.

En Acebo, la procesión recorrió todo el pueblo en acción de gracias.  Todo el pueblo veneró al Cristo, pidiendo mercedes a tan Sagrada Imagen acebana.

Aquel atardecer, el Vía Crucis, con lágrimas en los ojos de todos los asistentes, con más devoción que nunca. Los devotos se acercaban a tocar los santos ornamentos, a besar las sagradas andas. Llegada la Semana Santa, el éxtasis fue en la subida al San Juan, donde está ubicado el Calvario de Acebo con las tres cruces. Allí atronaban los Coros de hombre y mujeres cantando el Miserere. Voces desgarradas por el sufrimiento del Cristo en sus caídas y Crucifixión en lo alto  del Monte Sagrado. En las mentes un recuerdo: lo acaecido al niño Primitivo.

¡Ay! qué noche más larga

de tanto sufrimiento;

¡qué cosas pasarían

que decilas no pueo!


Jizo Dios un milagro;

¡no podía por menos!

 

La nacencia. Luis Chamizo

Notas

Foto.- Procesión con la imagen de vestir que representa al Nazareno con la cruz a cuestas o Cordero Bendito. Una efigie del siglo XVIII, de autor anónimo, muy venerada en Acebo. Cáceres, que custodia la ermita del Cristo del Humilladero de esta localidad. 

1.-  González Lázaro, Julián “LOS PORORAS II” . Sierra de Gata digital. 02.11.2016. 

2.- González Lázaro, Julián “LOS PORORA III”  . Sierra de Gata digital. 22.11.2016.

3.- Así se denomina en Acebo a fincas rústicas de poca arboleda y muchos matorrales.

Cuarta entrega de la serie. Los Porora. Una familia de Sierra de Gata. En este enlace pueden la tercera entrega sobre esta familia serrana escrita mismo autor