Ya llegaron, Sara, tus vencejos con la magia digital de las letras del “Serragatino”; y venían jubilosos y apretados como una pequeña nubecilla, sabedores de que la Sierra de Gata, sin el “digitalino”, es como un cuerpo sin alma, como una nube triste. Han llegado jubilosos, tras un alto en el camino, sobre el tejado de la iglesia de Villasbuenas y la plazoleta, con ese gran árbol que tantos acontecimientos atesora en sus ramas y en sus hojas, auténtico archivo de miradas y acontecimientos: aquel viejo médico que escribiría un hermoso tratado de Medicina, la estampa de Don Fausto Cantero, hombre de confianza del entonces Obispo de Coria, el que sería  Cardenal Segura, hombre recio de los páramos burgaleses, tridentino, que echaba un rapapolvo sin alterarse en pleno templo. 

Don Fausto Cantero – vilmente asesinado en Toledo -, hermano de Doña Mercedes, docente y poderosa en la Normal de Cáceres, casada con aquel hombre sabio, lírico y prudente, Don Arsenio Gállego, compañero de Antonio Machado en Baeza. Se dice que Don Arsenio escribiría centenares de sonetos – y de ello puedo dar fe -, aquel hombre, serio y con un humor negro, nacido en Castilfrío, en los páramos de la “Soria pura, cabeza de Extremadura”.

Don Arsenio haría de su vida un amor por el soneto…, muchos, centenares y quizás me sobren comas. Yo le traté mucho, porque mi padre, José Pérez Muñoz, médico, discípulo del gran sabio castellano, don Misael Bañuelos, había heredado algo de la sabiduría de aquel médico, que escribiría un tratado de Patología. Oh, aquel Pucela poblachón castellano, lejísimo del actual. Pues mi padre, que Dios guarde, vigilaba la salud de don Arsenio, y este escribano que mira a los vencejos, estaría cerca de matemático, cuando murió en Madrid, no sé cuántos años ha, que vaya si ha llovido, desde entonces. Pues a don Arsenio, no recuerdo qué escultor, le hizo un busto, que colocamos en la plaza de Castilfrío, de donde, por cierto, eran los padres de “La Pasionaria”. Un día pasé por el pueblo y quiero recordar, porque vaya si ha pasado días y entiscas, que animé al entonces regidor que lo tratara como debe procederse con un hijo eminente.

En cierto sentido, moralmente, se sentía custodio de ese busto y ya no sé si sigue o no en la belleza castellana de ese valle, donde se ha escrito mucha historia de España. Esa, que gracias al afán y perseverancia de Sara, gloria de la Sierra de Gata, recoge las bandadas con ese corazón que cuasi no le cabe en su cuerpo serrano y los pajarillo se cruzarán con la urdimbre digital de las letras. Ay si levantaran la cabeza, esa gente ruda y brava, de La Sierra, que, ante el acontecimiento, tiraríamos unos cohetes para agradecerle a Sara Mayor de la Sierra de Gata, cómo nos acerca, gracias a la magia digital, el ambiente de esos pagos. Particularmente, me ha llenado de gozo la llegada de esa banda, porque qué pequeño es el mundo o la comarca de hoy y qué tristeza se ha posado, durante esa ausencia, en nuestro ánimo.

Gracias, vencejos, porque el “digitalino” nos lo habéis colocado en el nido grande de Sara; por algo es una Gran Señora y larga vida tenga, porque seres así, merecen un concierto entre las nubes.

 

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