Don Pío Baroja
Don Pío Baroja

Ya ha llovido cuando Julio Caro Baroja y yo conversábamos en su casa señorial, frente al madrileño Parque del Retiro. Charlas muy gratas en la época de los Baroja, entonces en la estampa sepia de un Madrid de otra época,  donde surgía una España de otro siglo, tiempo sepia de una familia singular, saga de hombres de la Cultura. Julio Caro escribiría un bello libro: ”Los Baroja”, obra en la que recogía los últimos suspiros del agnóstico Pío Baroja, tío suyo solterón y ácrata, gran novelista, vivía en la calle Alarcón, a un tiro de piedra de la Real Academia Española. El cuerpo de Baroja reposa en el Cementerio Civil. Muy vinculado a los escritores de izquierda, la familia era una piña, sólida e histórica, singular. Aquellos ratos con su sobrino, a veces con la mirada en El Retiro eran, para mí, como el Proust en busca de un tiempo perdido, algo similar a quien mira estupefacto la historia tan entrañable de esta familia, dueña de las muy famosas pastelerías madrileñas, conocidísimas, “Viena Capellanes”.

Personaje singular, amante de una izquierda y agnóstico, cuanta vida y vivencias la de Pío Baroja y el clan de “Los Baroja”. Don Pío admiraba el paisaje y el paisanaje de La Alcarria, a pesar de que, en alguna obra, escribiera: ”No he visto gente tan bruta / que la gente de Alcocer / que echa el Cristo al río, porque no quiso llover”. De todos modos, hacia la posguerra, Baroja compraría en pagos de Tendilla, a un tiro de piedra de Guadalajara, mil doscientos olivos, repartidos en cincuenta y siete fanegas de secano y siete de regadío y que pagaría, entonces, hablamos de la posguerra, nada más y nada menos que sesenta mil pesetas, incluida, en esa cantidad, una casa. ¡Qué era dinero, en esa época! 

Y, por otros pagos, en el mismo término, una casa, que arreglaría Carmen, por la que pagaría la cantidad de diecinueve mil pesetas, cantidad muy respetable en esa época. A la hermana de Baroja que encantaba ir a Tendilla y llevarse el aceite se sus olivos.

Cela pasaría por Tendilla y, en su viaje a la Alcarria, cita que Baroja posee un olivar en este pueblo, célebre, además, por sus ferias y tratantes de ganado; y buena almazara en la plaza. ¡Cuántas veces he estado en los toros, en su bella plaza, con soportales, cuando ayudaba a chicos que soñaban con la gloria de los carteles y oían timbales y trompetas!

Carmen gozaría, además de la casa, con vistas al convento de Santa Ana, cerca del parador del tío Ruperto; y le encantaban las frutas y las verduras. En el fondo, latía el corazón del palacete de Vera de Bidasoa, tan lejano, en lo que a paisaje se refiere, de este Castilla, desnudo y espiritual. 

En mis gratas estancias con Caro Baroja, me decía que, en esos pagos, conocería a una gran persona, diríase que personaje: el tío Urraca, “la sensatez campesina hecha carne – palabras de Caro Baroja -, último representante de la gravedad del estoicismo hispano”. 

En algunas primaveras, los Baroja iban a Tendilla, en autobús, tiempo de posguerra, bien en primavera o en otoño; y al novelista le gustaba el aceite de sus olivos, hasta que dejaron de ir, porque Carmen ya no se encontraba bien de salud. Hace unos días, pasé por Tendilla y  pregunté por ellos, a gente mayor. ¿Y el olivar de don Pío Baroja? Y los viejos me darían cuenta y razón.

Cuando Carmen, como un Tosca, dijo adiós a la vida, se perdería este paraíso grisáceo, tiempo lejano de esa España, que gozaba el gusto del aceite o de la aceituna, cuando en el olivar se oía una vieja coplilla:

” Apañando aceituna / se hacen las bodas, / el que no va a aceituna no se enamora/. Para ganar cuatro cuartos / con la aceituna, / te pones con el alba / y hasta la luna”.

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista.    

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