Olivar de Castillejo, cerca del estadio Santiago Bernabéu

Olivar de Castillejo, junto al estadio Santiago Bernabéu en Madrid
Olivar de Castillejo, junto al estadio Santiago Bernabéu en Madrid

Me parece un sueño encontrar en este Madrid, donde más palpita la ciudad,  la serena belleza de un viejo olivar – El olivar de Castillejo -, hasta  donde se oyen los ecos de la celebración de un gol merengue. Sí, a un tiro de piedra, la estampa plateada del  gran olivar de Chamartín – conocido, como digo, por Olivar  de Castillejo -, donde se alza la casa del filólogo e historiador, Ramón Menéndez - Pidal, vieja zona del pequeño pueblo de  Chamartín de la Rosa, allá por el siglo XX, donde la mirada se convertía en tierras de pan llevar o de Castilla, el olivar del Balcón, en cuyos aledaños acampó el ejército de Napoleón, antes de tomar la capital de España. 

Aquellos pagos pertenecientes al ilustrado, José Castillejo Duarte, Secretario  de la Junta para la Ampliación de Estudios,  lugar de estudio e investigación  de eminentes cerebros, dorada época de brillantes cerebros, la prestigiosa Institución Libre de Enseñanza, año 1909, alma de la misma, José Castillejo Duarte. Este científico convencería a colegas y amigos para, levantar en esos pagos, una reducida ciudad de la Ciencia y el Pensamiento,  intelectuales, cerebros privilegiados.

Aquí, pues,  se alzaría un templo dedicado al estudio y la ciencia, con eminentes personajes,  desde  Ignacio Bolívar, al poeta Dámaso Alonso, el filólogo e historiador, Ramón Menéndez Pidal, Luis Lozano Rey y el médico Juan López Suárez, mecenas gallego, entre otros… De esta suerte,  estos baldíos – El Olivar – se convertiría en un lugar abierto a la investigación y a la cultura,  vidas  selladas  por el ingenio y convertidas en un laboratorio improvisado de las ciencias y las letras. Este oasis sería propicio lugar de culto para los Ramón y Cajal, Lozano Rey, López Suárez, mecenas del progreso de Galicia.

En ese rincón del alma madrileña, hecha para el sosiego y el estudio, rodeado de olivos, menosprecio de Corte y alabanza de aldea, hasta la llegada de la contienda incivil. Entonces, la diáspora, el exilio, embargados los bienes. Sin embargo, López Suárez conseguiría que el Olivar quedara bajo la protección de la bandera inglesa…La casa del cuñado de Castillejo, refugiado ya en Londres, se le alquilaría a J. Walters, propietario del gran rotativo inglés The Times.

Tras la guerra, algunas familias volverían a sus casas y, gracias a los olivos, gozarían en la posguerra del aceite de los olivos – las aceitunas se llevarían a un molino toledano -, y los frutos del pequeño huerto aliviarían las vicisitudes de  posguerra. Bajo aquellos olivos, los pocos habitantes gozarían de la hermosura de los frutos de la tierra, en los duros tiempos de carencia, cuando las bellezas del celuloide paseaban bajo las estrellas: desde Ava Gardner hasta Lana Turner, Sinatra y Joan Fontaine.

Aquí quedan, como testigos de una época, almendros, granados, membrillos, jaras, retamas…, y olivos centenarios en los aledaños de la casa de Menéndez Pidal. Noches de estío, donde suena el canto de las cigarras, notas de algún piano, el rumor de la nostalgia, en suma, historia trágica de una contienda que, hasta en estos pagos,  truncaría los sueños de unos genios.

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista. 

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