Qué triste debes estar Digitalino de nuestras horas, de nuestros días, qué dura, muy dura, será tu ausencia, que repartías imágenes y letras en tantas retinas, resultaba tan fácil acariciarte con la mirada, que se abrían los ojos y, por esa ventanita, te adentrabas, siempre con la puerta abierta de tu pantalla mágica, digitalino de nuestras horas, abierto, como un pregonero sin descanso, como una Minerva de nuestros días, el que canta la noche – shofar hebreo – y la acaricia, con sosiego, un claro de luna, como una partitura musical de Debisy, palabras que se “posan” en tu pantalla, no importa la hora que sea, siempre con tu magia, abierta y permanente, que si levantaran la cabeza  los hombres y mujeres de la Sierra, de otros tiempos, harían cruces y no se creerían en qué mundo estaban. ¡Cómo alegrarían aquellas largas horas, un poquito / mucho junto a la vieja radio! 

Pero “El Digitalino” ha cambiado la Sierra, ha abierto su pantalla al mundo, como el que coge la esfera y la reparte por todos los continentes. Si volvierais a este mundo, no os creeríais lo que, vuestros serranos, están viendo: “el mundo en sus ojos”; y sería, naturalmente, una revolución en los pagos majestuosos de esta Sierra del Oro, Sierra de Gata, tan vuestra, tan de Sara, mujer del Renacimiento. ¿Qué buscarías en este paraíso perdido de Milton? Regalabas, Sara, una era impresionante, una lámpara de Aladino, una pantalla donde se veía el mundo, donde resultaba, paradójicamente, tan pequeño, que se hacían cruces y El Digitalino aterrizaría en estos lares con la sencillez y grandeza de un hidalgo.

Sara ha sido y es una ninfa mágica, que ha pregonado, con la magia mayor de este digital, los rincones más escondidos de la Sierra; y nos acercaba el Mundo de la imagen. Tú, Sara, como diría el poeta Baudelaire, nos has hecho, en esos pagos: ”Absolutamente modernos”. No tiene precio, querida Sara, el ingenio de tus manos, esa modernidad que dejas por las calles y los caminos de esa comarca, tan nuestra, tan TUYA, tan mía. Sí, Sara, “Sara del alma mía”, que llevan los vencejos en sus picos tu nombre, el que, en la nostalgia, quizás  hasta canten los vencejos una singular melodía; que la Sierra será, tristemente, otra sierra, por más que sea de todos nosotros, SARA, tan tuya y tan nuestra, tan mía. 

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista.