El pueblo más pequeño de España, Jaramillo Quemado: Siete habitantes

Jaramillo Quemado. Imagen del blog Sendas de Burgos
Jaramillo Quemado. Imagen del blog Sendas de Burgos
 

Lentamente se nos van muriendo tantos pueblos, que nos van dejando, como lágrimas, el aliento de su vida, el eco de sus horas, el último cohete de un festejo, la vieja copla de un poema, la trompetilla del alguacil, la vida, en suma, que habitaba en ti, en mí y en aquellos hombres que, un día, dejarían sus lágrimas en el adiós al pueblo, camino de la ciudad y la nostalgia colgada en el recuerdo. Así, lentamente, esa “Castilla que face los homes e los gasta”, se iría desangrando lenta, irremediablemente, donde los hombres dejarían su aliento en “la patria de la infancia”, que diría Rilke. Qué adiós más triste, donde se forja el hombre, cuando “amas tu soledad y soportas el sufrimiento que te causa”. Me lo recuerda Rilke al despertar del sueño, ante la belleza del rollo de Jaramillo de los Caballeros, ahora Quemado, seis personas censadas – hay quien me dice siete -, el pueblo más pequeño de España.

Cómo siento “el menosprecio de Corte y la alabanza de aldea”, en mi duermevela, en la ensoñación de la Sierra de la Demanda, en Jaramillo, cuna de historia, de abolengo en sus casas blasonadas, inscripciones en las fachadas, hornos comunales, potro con fraguas, un molino en las orillas del Sacedas, la iglesia románica de San Martín de Tours, su hermosa picota, todo un ensueño envuelto en el paradisiaco monte Mencilla.

He aquí el hombre. No sabemos cómo le iría a Juan Ramón con su Platero en estos pagos – ya ni los hay -: “En la soledad no se encuentra más que a lo que la soledad se lleva”. Quizás estos siete vecinos, censados seis, sean felices – por qué no - en estos predios, gratos para la paz y el pensamiento, sin duda para soñar, meditar y escribir, dejarse acariciar por una brizna de aire puro, que bien se merece este pueblo sus personajes, que alientan su vida: Valentín, padre e hijo; el sacerdote, don Luis Hernando, busca en estos pagos el sosiego a una larga andadura eclesiástica, Pampliega incluida.

Todo envuelto en el celofán de los recuerdos, la escatología del hombre en la tierra, máxime cuando habrán visto desangrarse tantas aldeas y labrar el sendero del éxodo a la ciudad. Claro que volveré a soñar con esta aldea, y Nª Sª de los Venerables Robles, camino de los Jaramillos; y el “Roble de la Verruga” – ocho cientos años, qué historia – donde se reunían los pastores y escondían a los terneros recién nacidos para protegerlos de los depredadores. 

Pues sí, buscaré – “Deo volente” –, en primavera, un encuentro en este paraíso perdido, pagos de la Demanda, para soñar, entre la belleza, donde aún laten unos corazones y, por tanto, la vida, su sueño y sus recuerdos, el pueblo más pequeño de España, con sus vecinos que miran la ceniza del pasado y la soledad de la ramas quemadas, pero, vagan por aquí, para reafirmarse que la vida son ellos, sus sueños y las bellezas que los envuelven. 

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista