Se reincorpora a su  clase, con cara desencajada y los nervios a flor de piel. La noche anterior no había dormido mucho, las pesadillas lo habían mantenido despierto.

Al sentarse en su asiento, sus piernas le comenzaron a temblar y las manos le sudaban, mientras veía como algunos de sus compañeros, estaban aparentemente alegres y saludándose. Alguno en forma de compromiso, le dijo algo que el casi no lo entendió.

Su mirada, se volvía de vez en cuando a la puerta de entrada, esperando ver entrar, lo que para él era su pesadilla, que siempre iba acompañado de esa niña tan horripilante, que tanto se reía cuando lo insultaba o golpeaba.  Había rezado  para que no volviera a clase, o se hubiera ido a otro pueblo o a otro instituto.

Cuantas veces pensaba apesadumbrado: debía habérselo dicho a mi padre, pero siempre me decía “Es que eres un flojo, hay que devolver los insultos y los golpes” y decírselo a mi madre, hubiera sido hacerla sufrir, pues ella, no soluciona nada sin mi padre. Quizás a algún profesor, pero le daba la sensación, de que no quieren  intervenir en estos casos, por falta de autoridad, es como si  no se pudiera tomar, con ellos, ninguna medida. Cuando alguien se quejó, la respuesta era “no es para tanto”, y en algún caso, si le llamaban la atención al maltratador era: “anda no seas bromista” o algo parecido, tratando de inútil al que se queja, que al “delincuente”, incluso a veces,  daba la sensación que hacían gracia, por considerarlos traviesos.

 Muchas veces entraban tarde a clase, de lo que se alardeaba él, su amiga y el grupo de su pueblo, que siempre iba con él. Y aunque llegaban tarde, siempre entraban haciendo ruido, y nunca les reprendían de forma tajante, lo que al resto de la clase, o les hacia gracia, o les creaba impotencia al ver como algunos hacen lo que les da la gana.

Pasaban unos minutos de la hora, cuando lo vio entrar, el corazón se le aceleró,  agachó la vista, anhelando en el fondo que no se acordara de él, fingiendo mirar un libro. De pronto, sintió la colleja y una conocida voz fanfarrona que decía “cabezón, que bien lo vamos a pasar este trimestre”, y a continuación las risas de la niña estúpida y de su séquito de palmeros.

DEDICADO A  LOS QUE LO SUFREN Y A LOS QUE LO DEJAN ESTAR

Ignacio Molina