A Andrés Antúnez, el nuestro amigo

Se llevaron a Andrés, sabedlo todos, con la traición de un golpe duro y seco por la espalda, descuidada su fortaleza, sin poder defenderse.  No tuvo tiempo de hacer nada.

Andrés Antúnez
Andrés Antúnez

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado (1).

Ella se acercó corriendo, como se acercan las mujeres bravas cuando aprieta el viento del norte cargado de susurros desgarrados. Barruntó, como ninguna otra podía hacerlo, el trágico desenlace inesperado de los barrenos en las minas y los cuerpos destrozados. 

Él escondía su sereno rostro, derrotado el cuerpo. No quería que nadie se diera cuenta de la palidez del final del otoño. Quién era él para impedir que el fino caer de las hojas secas dieran paso al largo invierno. 

Quiero que vean ese corazón altivo, ahora helado. Quiero doler de la vida que se escapó por los nudos del capazo.  Quiero que se sepa de aquella nobleza rodando por el suelo. Quiero que no se miente, aunque sólo sea un instante, que su voz templada se ha apagado. Quiero que sus oportunos consejos no caigan en el saco roto del olvido y el pasado. Quiero...

Ni siquiera tuvo tiempo para envolver sus hombros de ataúdes cargados. La camisa, recién planchada sobre la cama, esperó inútilmente la llegada. No respetó la muerte del martes el paso de la alborada, tenía prisa por marcharse, llegar hasta Berlín con su homicida guadaña, cargar el camión de juguetes de sangre y bolas rotas de nieve acarambanada.

¿Quién iba a dar esto? ¡prenda mía! Tú y yo tan felices viendo crecer los naranjos y ese granado hace nada puestos. ¡Qué paz, qué tranquilidad, tú con tus asuntos y yo con mis encajes de bolillos. Tú apilando los troncos, uniformemente alineados, yo con la mermelada de los membrillos. No te mates tanto con la leña, ¡Andrés! que es para quemarla. Que no hace falta que la dejes como la pared de la iglesia, piedra sobre piedra, junta a matajunta. ¡Anda! mira a ver si a tu hermano le queda algún pimiento y así das una vuelta.

¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué me duelen hoy más que nunca los clavos de tus pies y de tus manos? ¿Por qué me ahoga el dolor de tu costado? Tengo hambre y no como, tengo sed y no bebo. 

No perdono a la muerte enamorada,

no perdono a la vida desatenta,

no perdono a la tierra ni a la nada (1).

No perdonamos a la muerte sedienta y despiadada. No perdonamos a la vida desatenta y desconsiderada. Se llevaron a Andrés, sabedlo todos, con la traición de un golpe duro y seco por la espalda, descuidada su fortaleza, sin poder defenderse.  No tuvo tiempo de hacer nada. 

En el Carrobispo la Virgen lava pañales sobre un lavadero de tabla, San José corta maderas para preparar la caja y llora que llora el niño haciendo encajes finos para adornar de filigranas la mortaja. 

(Pero yo) en mis manos levanto una tormenta

de piedras, rayos y hachas estridentes

sedienta de catástrofes y hambrienta (1). 

Quiero disputar a los gatos la gatera, quiero mirar si todavía se ven canchales sobre la tierra. Quiero que no se pierda, sobre la gata Sierra, el ronroneo de los gatos y sus ecos y sus dibujos sobre las piedras. Quiero que no se escuche más sonido que el dolondón de los cencerros. Quiero que se apaguen las campanas llamando a duelo. Quiero que todo el mundo sepa que se ganó su sitio en el cielo. Quiero... 

¿Dónde se habrá metido este hombre, que no ha pasado todavía por la cochera? ¿Por dónde andará subido que algún día se me mata de una olivera? Olvidado, sobre la mesa de la arcada queda la radio, el sonido mudo, ahogado, el villancico de pastores extremeños, guardado.

Ella besó suavemente su fría frente herida. Limpió despacio su cara con un pañuelo de blanca seda. Se levantó, miró al cielo, aprisionó entre sus manos el alma de amor, amado. Bien sabe Dios que se la habría quedado, pero ya no era suya, ni de sus amigos, ni de su familia, ni de nadie. Susurró unas palabras:

No hay extensión mas grande que mi herida

lloro mis desventuras y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida (1).

Cuando abrió las manos para liberar la blanca paloma enamorada, un resplandor se desprendió raudo por entre los naranjos iluminando las oliveras, rompiendo en sangre las granadas, retorciéndose por entre los retorcidos troncos de las vides y de las higueras. Los nubarrones pardos rompieron en tormenta de llanto amargo. Derramaron, sobre el huerto de surcos y flores, miles de desconsoladas lágrimas negras. ¡Padre! –gritó al vacío- en tus manos encomiendo su espíritu.

De pronto, silencio. El cielo dio una pausa mudando el llanto en sollozo. La majestuosa caravana avanzó silenciosa por un pasillo de oliveras que agitaban, en angustiosa despedida, sus verdes brazos. Puntiagudas hojas caían sobre el coche de coronas mientras el golpeteo de aceitunas sobre la chapa, emulaba el compás del tamborilero, acompasado por el silbido aflautado de una oropéndola vestida en amarillo dorado. La procesión de amigos mojaba sus zapatos en los charcos de agua y barro que los dos enamorados, agarrados de la mano, dejaron sobre la senda tantas veces recorrida. Aseguran algunos presentes que vieron al hermano pequeño delante de todos, sentado sobre un rabo de nube, en carroza celestial, junto a un grupo de querubines alados

Ni la Chorrera ni el Álamo se atrevieron a decir nada, ni tampoco la antigua calle de las Pasaderas. La gente llenó la Plaza de una profunda congoja y de un incienso olor a higos pasos y mermelada. 

La iglesia parece una catedral sobre un mar de azahar y jara y en el altar los sacerdotes, envueltos en las notas de la partitura del coro de serafines y del réquiem de Mozart, despiden al familiar, al amigo. En la oración los oficiantes dan gracias a Dios, por compartir una persona tan cercana, tan amable, tan querida. Qué bien cantó el clérigo, mientras la gente comulgaba. 

En nuestras mentes, vagas e imprecisas, deambulan, como niños perdidos en la guerra, los pensamientos de los instantes felices y alegres, comunes. El cariño, la nobleza, la amistad compartidos. La paz y serenidad derramadas.

Miles de personas desfilaron ante Isabel apenada, triste, abatida pero entera, íntegra, valiente, agradecida. Las caras descompuestas miraban el féretro, que ocultaba al amigo, al familiar, al alcalde, como queriendo penetrarlo con sus ojos suplicantes. Los dedos incrédulos resbalaron sobre la madera de la caja  buscándolo y los labios dejaron el recuerdo de los besos en restos de carmín quebrantado. 

¡Ay, si pudieran levantar la tapa, escuchar el último consejo del amigo! Aquel que se quedo perdido sin tiempo para poder decir me dijo. Dime para qué sirve, amigo mío, el parecer que no dimos.

Cabalgaron, pueblo abajo, miles de caballos blancos alados en un mar de nubes para dejarlo reposando en el rinconcito del camposanto. Él lo eligió en vida sin pensar en lo temprano del momento. Pero, él ya no está allí. Ha vuelto a su huerto y a su casa, porque es una porción de ellos. Una parte ligada, unida, inseparable del barro que moldeó su cuerpo y su tierra. Allí fue dichoso porque en ese lugar vivió ríos de ilusiones y esperanzas.

Cada árbol sembrado, cada flor plantada, cada piedra colocada, cada elemento minuciosamente ordenado, son pedazos de él. Se colaron en nuestra vista, en nuestra memoria, porque vivirá en nosotros lo que nosotros vivamos en él. Beberá conmigo el agua de la fuente del Palacio y cada difunto posará la caja en su hombro al salir de la Iglesia, pisará de nuevo las calles del su pueblito y echará un rato en el bar y en la Plaza, ...

Qué no se detengan los relojes ni desconecten los teléfonos. Qué no aúllen los perros ni se vistan las mujeres de negro. Qué no se apaguen las estrellas sobre el fondo del cielo. Qué no canten coplas los ciegos de cordel ni maúllen los gatos al amanecer. Qué no se muera el amor mientras vivan los sueños. Qué se siente la luna en el tejado hasta que el sol se haga dueño. Qué trepe la vida mientras podamos oír su voz entre margaritas y buganvillas. Qué se pongan los acebos de riguroso verde oscuro, con sus bolitas rojas como ojitos de invierno. 

 

Un amigo se fue. Un amigo se fue, un amigo.

Buscaba creo (...)

empaparse de lluvia y descalzarse luego

hasta sentir, hasta vivir de lleno

el contacto del barro de la tierra, 

un amigo (2).

PD.- Tal vez ahora pienses, Isabel, que el mundo se hunde y que en el pueblo ya no se cuentan buenas historias, pero Andrés quiere ahora que, sobre el azul de Jálama, lloren los regatos para que florezca la alegría sobre los valles de la Cervigona. Quiere vivir en ti, en tu sonrisa, en tus bolsillos llenos de sueños, en los amigos que siguen viendo que eres dos, en la poesía que ama la vida y habla del amor.    

Andrés Antúnez Repecho (27 de abril de 1948 - 13 de diciembre de 2016), fue concejal del Ayuntamiento de Acebo (Cáceres) en la legislatura 1987-1991 y alcalde, de esta misma localidad, en la legislatura 1991-1995.

1.- Miguel Hernández “Elegía a Ramón Sijé”. 1936.

2.- Pablo Guerrero “Un amigo se fue”. Incluido en “Porque amamos el fuego”.1976

Foto.- Javier Puerto Rivero. “Andrés Antúnez”. Acebo. Cáceres. Agosto 2016.