Landero: La redención de la huida

En Absolución, el autor parte, de nuevo, de una historia casi vulgar –por cotidiana- y la transforma en trascendente, empleando para ello grandes dosis de humor e ironía, además de una prosa prácticamente perfecta, una estructura narrativa impecable y un estilo preciso y personal
Luis Landero Absolución. Colección Andanzas
Luis Landero Absolución. Colección Andanzas

Con Absolución, el extremeño Luis Landero recupera el estilo y el tipo de personajes que inició en Juegos de la edad tardía, su primera novela (publicada en 1989). Decimos esto porque el autor parte, de nuevo, de una historia casi vulgar –por cotidiana- y la transforma en trascendente, empleando para ello grandes dosis de humor e ironía, además de una prosa prácticamente perfecta, una estructura narrativa impecable y un estilo preciso y personal.

Lino, su protagonista, después de toda una vida marcada por el tedio y la insatisfacción, parece haber conseguido, por fin, ser feliz: tiene un buen trabajo, un futuro prometedor y va a casarse con la mujer a la que ama. Esta es, en principio, su historia. Como el Gregorio Olías de entonces, es un personaje vulgar al que, con pericia, Landero convierte en héroe.

Conocemos cómo ha sido la trayectoria de Lino a través de los recuerdos a los que se entrega a lo largo de una mañana (su infancia, su adolescencia y los años de juventud), solo unas horas en las que encontrará una última justificación – a partir de un simple incidente callejero- para volver de nuevo a lo que parece marcar su existencia: la necesidad de huir. Al mismo tiempo, esta excusa acabará dando salida a la absolución que necesita para conseguir a través de ella un poco de paz. En este sentido, podríamos hablar de novela existencialista por la reflexión filosófica constante sobre el sentido de la vida.

La historia en sí misma no carece de interés y, además, el autor la desenvuelve con maestría. Pero lo que nos parece que de verdad convierte esta novela en excepcional son los personajes que la protagonizan. Además de Lino, del que ya hemos hablado, su padre, cuya obsesión por la intoxicación que sufrieron él y otros compañeros como consecuencia de la ingesta del aceite de colza provoca momentos divertidos. Junto a este, el entrañable señor Levin, que provoca una primera impresión de hombre distante, serio, pendiente de su vida profesional y que acaba mostrándose como uno de los personajes más cercanos cuando confiesa la maravillosa historia de amor que esconde su biografía, de la que podría surgir otra novela. Además, Olmedo, Robinson urbano del siglo XX, representante de la pureza y la honestidad, y el hiperactivo y solidario Gálvez, con su doble vida de viajante y cazador furtivo de cangrejos. Todos ellos serán los que ayuden a Lino a reconciliarse con la vida, enseñándole a escuchar y a reflexionar sobre la existencia y sus avatares y, sobre todo, serán los que le darán fuerza para encontrar su lugar en el mundo.

Si, como afirma el propio autor, una novela “se debe sustentar en el pilar de los personajes”, es evidente que esta es un magnífico ejemplo de su propia teoría. Una vez más, el escritor extremeño se confirma como uno de los mejores narradores de la literatura española contemporánea.