Los Porora  (V).    Primitivo González (Marialuto)

Julián González Hernández, tras el “milagro” sucedido en Gata (1),  tuvo que seguir trabajando en las canteras. Pero, a partir de ese momento, a su “secretario” Primitivo lo dejó en casa al cuidado de su cuñada Cesárea García. Aquel accidente había sido un aviso premonitorio y no quería seguir tentando a la suerte

Amigos acebanos en el Bar Yeyo (Rachoìn).
Amigos acebanos en el Bar Yeyo (Rachoìn).

Tanto fue el cariño con que su tía Cesarea García acogió al dagalito Primitivo y, especialmente la amistad con los primos, con los que convivía, que ya no querían separase los unos del otro, ni el otro de los unos. Allí quedo junto a los hermanos  Luis, Modesto, Jesús, Aniano y Eulalia Lázaro. Primitivo era uno más de la familia.

Cesárea García  guardaba, en un gran baúl, manteles de hilo, sábanas de lino con encajes de bolillo, un excelente mantón extremeño, el traje regional de su hermana, con cordones, gargantillas, pendientes de oro, dos pares de castañuelas y numerosas cosas  más a las que Micaela Lázaro puso en valor y le dejó antes de morir. “Este baúl nunca se abrirá hasta que mi sobrino Primitivo se case –recordaba Cesárea García a todo el que quería escucharla- se lo prometí a mi hermana”. Y así fue. El baúl quedó cerrado  herméticamente, con clavos y enormes puntas a todo su rededor, el tiempo que fue preciso.

Primitivo González, como tantos otros niños de esta época, apenas acudía a la escuela. A los dagales serragatinos les gustaba más subirse a los árboles, correr por los campos, o meterse en los ríos, que pasar el día, a base de pluma y tintero, para conseguir una buena caligrafía o unos cuantos números. De ahí que muchos de ellos salieran, desde muy jóvenes, grandes cazadores e incluso muy buenos pescadores de truchas, pero poco cultivados para las letras y las cuentas. Pescadores, que mamaron desde muy niños el amor por la fauna autóctona, como los hermanos Rodríguez Párraga, (de la familia de Los Calahorra de Acebo), que han defendido la pureza de las aguas y han velado por mantener la trucha en su estado salvaje, sin emplear métodos anti-ambientales.

Antiguamente, en las frías aguas cristalinas de los regatos acebanos del Pedrero, del Linar o del Cahíz, abundaban las truchas, que subían a desovar a la garganta de la Cervigona. En sus numerosas pozas y bajo las piedras, los expertos pescadores metían la mano y las adormecían. La técnica consistía en “manear la trucha”,  pasándoles sus dedos con suavidad por los lomos, hasta conseguir su captura.

Al igual ocurría con la caza. Se cazaba para vivir. Para sustentar a la familia. Eran los humildes cazadores de los pueblos, quienes más cuidaban por mantener esa preciada riqueza, que la madre naturaleza les ofrecía y defendían los terrenos baldíos, como comunitarios, frente a la intrusión de compradores y ocupadores privados.

Primitivo González, como todos sus amigos, era muy apasionado por los animales. Desde niños el campo era su segunda casa. Conocía casi toda la variedad de pájaros que alegraban con sus trinos y su presencia los campos acebanos en particular y serragatinos en general. Sabía sus costumbres, hábitos, anidación... En muchas ocasiones sus primos Modesto, Aniano, Gregorio, Bernardo… y él mismo colocaban con cautela sobre las piedras, cerca de los nidos, escarabajos, grillos, saltamontes, gusanos, rabos de lagartijas o migas de pan, para que los progenitores alimentaran a sus crías. Este era uno de los entretenimientos de los dagales acebanos, conocer el mayor número de nidos y cuidarlos, hasta que los pajarillos salieran volanderos.

Otro entretenimiento popular de la mayoría de los adolescentes y mozos, muy de la Sierra de Gata, era alardear los días festivos, ante las mocitas serragatinas, de destrezas y fuerzas. En el lugar denominado “La Cantera”, camino del Valhondo, callejeando hacia el terreno conocido en Acebo por el Escurial, se organizaban, desde lo alto de aquella, lanzamientos de piedras con hondas, hasta dar a un barreño o puchero de barro. El premio de reconocimiento a la mayor puntería, ya que siempre era los que más atinaban, se lo llevaban la mayoría de las veces, los hermanos Zapata. Eran estos unos avezados cabreros que criaban sus cabras  en lo alto de Jálama (1.492 m.a) y presumían, con razón, de tener ““la más alta y mejor leche de cabra de toda la Sierra de Gata”,

También se celebraban verdaderos campeonatos que consistían en lanzar grandes piedras obsequiando a los ganadores con fuertes aplausos y méritos ya fuera por lanzar las piedras más grandes y pesadas, como por llegar con ellas más lejos.

Todo terminaba, casi siempre, con un buen vino de pitarra y, algún que otro, pincho de morcilla o queso de cabra. Estas moragas se tomaban en el alto de la calle del Cantón de Acebo, en el baile que regentaba el tío Aniceto Casillas Puerto, hasta que se clausuró, en el año de 1921, siendo alcalde Adolfo Cáceres Estévez. Otro tanto ocurrió, ese mismo año, con el baile que regentaba Cesáreo Lázaro Manzano (3), en la antigua calle de la Iglesia, actual calle del cabo Lorenzo Puerto. Este último baile dicho estaba ubicado en la citada calle junto a lo que luego fue la sastrería de Domingo Pérez y, más abajo, el comercio de Francisco Sánchez (que dio nombre extraoficial a la calle como calle de Paco). En 1928, siendo alcalde Francisco de Sande López, cerraron las tabernas de Fulgencio Carretero López, Clotilde Mateos Peralo, Gregorio Estévez Lázaro y Primitivo Mateos Lázaro (3).

Cesáreo Lázaro era el marido de Cesarea García, familia que acogió a Primitivo González y padre de sus primos Aniano Lázaro, reputado carnicero de Acebo cuya carnicería continuó con su hija Pilar Lázaro, junto a su marido Luis Egido, y, actualmente, con sus nietos Fátima y Jesús Egido Lázaro. Esta carnicería también ha dado nombre popular a la mentada calle como calle de Aniano, siendo el nombre oficial, otorgado por el Ayuntamiento, como calle de los Mesones. Los nietos de Aniano Lázaro han continuado, por tanto, con el negocio familiar del abuelo, montando carnicerías unos en Acebo y otros en Hoyos, Perales y Cilleros.  Otro de sus primos mentados, Jesús Lázaro, conocido como tío Cartucho, fue un prestigioso matarife de cerdos en esta localidad serragatina de Acebo.

Además de aquellas diversiones, los jóvenes acebanos, tenían mucha afición por las carreras campestres. Siempre que se lo permitían sus trabajos, salían a correr con sus perros. Eran muy conocidos por todos los pueblos de la comarca serragatina. Entre ellos Primitivo González. Cuántos atletas se perdieron en los mil y un pueblos españoles por falta de medios.

En primavera y verano, los días festivos antes del amanecer, unos cuantos muchachos muy aficionados a la cinegética se reunían en la salida norte de Acebo, junto a la Ermita del Cristo del Humilladero. Tras rezar por las rejillas a la Sagrada Imagen, salían corriendo por la carretera de Carrecía, atochando por los senderos, caminos y veredas. Iban por La Candelera, bajaban hasta El Tejar, para subir a la Venta de Los Porora (Los Hornillos). Seguían su marcha, hacia La Fatela, al término de Perales del Puerto, llegando a Hoyos, donde Primitivo González aprovechaba para saludar a su primo Miguel. De vuelta, ya atardecido, entraban por el Maragil hasta el Cordero. Siempre seguidos de ocho o diez perros que jadeantes, aguantaban como podían el ritmo de tan extraordinarios atletas.

Otros días festivos, salían de Acebo por el camino de la Colmenita superando el Tesito Nieto, el Coto, San Blas, alcanzando los términos de Trevejo, Villamiel y San Martín de Trevejo, volviendo por la zona de los Veneros y el camino de San Juan, donde se encuentra el Calvario, para bajar a Acebo por la calle del Palacio, en cuya fuente, reconocida su agua como de las mejores de Sierra de Gata, echar un trago y refrescarse en ella.

Así, unas veces por la salida del Norte, otras por las salidas del Sur, Este u Oeste, recorrían todos los campos, cruzaban todos los caminos, las trochas, saltaban todos los regatos, atravesaban los montes.

En las largas caminatas siempre se encontraban con pastores, cabañeros y arrieros, cuyas conversaciones versaban sobre los bandos de perdices, madrigueras de conejos, o sobre las pozas donde zahondaban, retozaban y se restregaban los jabalíes (jabalines para los acebanos).

Antes de llegar la época de la caza, ya sabían dónde los bandos de perdices levantaban el primer vuelo, hacia dónde se dirigían, cuál su primer recorrido... Solían poner “mojones” de piedras que señalaban, según la dirección del viento, una posición u otra. Eran verdaderos eruditos de la cacería.

Sus primeros consejos para el tiro al conejo, los recibió Primitivo González de Julio Lázaro Mateos, más conocido como “Jubielo”, quien al andar el tiempo, sería su tío carnal político. Inmejorable tirador de liebres y conejos. Julio Lázaro era uno de los hermanos de la familia de Acebo conocida por “Los Enanos”. Uno de los hijos de aquella incansable e intrépida Inés Mateos, que vendió encajes de Acebo a la mismísima reina de España (2).

Primitivo González, desde siempre tuvo fama de ejemplar y buen cazador. Tenía los mejores perros de caza, era experto en su adiestramiento para la maestría en este arte. Se le oía decir a Máxima Lázaro Párraga, su mujer, (sobrina carnal de “Jubielo”): “Es el mejor hombre, pero en esto es muy caprichoso, ve un perro y si le entra por el ojo, hace lo que sea para comprarlo y quedarse con él. Si luego no le sirve para lo que él quiere, lo regala ”.

En los días de caza, cuando Primitivo González conseguía levantar el vuelo de un bando de perdices, lo perseguía por toda la serranía de Acebo. Saltaba de peñasco en peñasco, como un gamo. Al tercer o cuarto vuelo, la perdiz aguanta más la parada, los perros le ponían la muestra y no fallaba el tiro. En muchísimas ocasiones, se le veía hacer carambola, esto es: dos disparos seguidos, dos perdices cobradas.

De él se dijo que era un “Atleta de la Escopeta”. Así lo denominó, años más tarde, el Párroco de Ntra. Sra. de los Ángeles de Acebo, don José Porras Valle, gran amigo suyo y amante de esta afición cinegética.
Era costumbre entre los cazadores, repartirse la caza, a partes iguales. Pero, en la época antes y recién terminada la Guerra Civil en España, él no podía permitirse eso. Batía el monte en solitario. Tenía que llevar a casa todo lo que conseguía en “Buena Liz con el campo”. Él solía decir que “Un buen cazador es, quien comparte con el campo”. Mas, él siempre salía ganándole al campo. Si disparaba veinte cartuchos, cobraba más de quince piezas. Era la admiración en el pueblo, cuando regresaba por las tardes con su percha repleta de perdices, conejos o liebres.

Todas sus piezas, ya tenían destino: Las cuatro o cinco primeras, para sus amigos pobres y familiares, el resto, para doña Victoria, doña Lidia, La Menora, sus buenos amigos el Chalán, el tío José González, y... garbanzos, lentejas, pebas, chícharo, frejones secos, patatas, aceite..., era su botín... en el “trueque”.

Posteriormente, en mejores tiempos, Primitivo tuvo muy buenos compañeros de caza: Manolo Sánchez, incomparable compañero y amigo. Con él viajó por toda la Sierra de Gata y por la parte sur de Salamanca. Su amistad y buen compañerismo, duró todo el resto de sus vidas, trasladando y conservando esa amistad a sus respectivas familias. Alfredo Bazo, joven de Villas Rubias, grandísima y extraordinaria persona, era como un hijo para él. Le enseñó a ser uno de los mejores cazadores.

También aprendieron con Primitivo “Marialuto”: Pedrito García, Fructuoso Arroyo y más tarde en Madrid, Silvestre García. Los tres eran sobrinos muy queridos e inigualables para él.
Con Fructuoso Arroyo García, tenía un trato especial, se parecía mucho a él, tenía su mismo temperamento, su nervio y su misma pasión por la caza, lo conoció nada más nacer, en sus paradas a la Venta de LOS PORORA, donde siempre le guardaba un café caliente de puchero su prima hermana Natividad García y Antimo Arroyo, su marido.

Primitivo González García, “Marialuto”, el niño a quien, milagrosamente un día tórrido en Gata, salvó El Cordero Bendito de quedar aplastado bajo un enorme canchal. Siempre fue uno de los cazadores más considerado, respetado y admirado, de toda la Sierra de Gata.

NOTAS

1.- González Lázaro, Julián. ESE CONCIERTO CELESTIAL II. Sierra de Gata Digital.

2.- González Lázaro, Julián. LOS PORORA IV.   Marialuto. Sierra de Gata Digital.

3.- Puerto Rodríguez, Julián. “Acebo 1753. Una mirada desde Sierra de Gata”. Casa de Extremadura en Getafe. Madrid 2010.

Foto 1.- Familia de Los Porora. Foto cedida por Bar Cortés. Acebo. Cáceres.

Foto 2.- Amigos acebanos en el Bar Yeyo (Rachón). Entre ellos delante, con el vaso de vino en la mano,  Aniano Lázaro García (Porora). Emiliano Rodríguez Cáceres (Calahorra). En la parte de atrás, Germán Pérez Cordero. Ángel Oropesa. Lorenzo Pérez Cordero. (Foto cedida por el Bar Cortés de Acebo. Cáceres).